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El poder es una ilusión Patricia Estupiñán

El poder es una ilusión 
Patricia Estupiñán

El poder existe mientras otros crean que uno lo posee. Una vez que dejan de creerlo, rápidamente se desvanece.

 

 
La crisis de Watergate inspiró al escritor James Breslin una de las definiciones más interesantes y certeras acerca del poder. “El poder no es otra cosa que espejos y humo. Si alguien le dice a uno cómo mirar, puede imaginarse el humo en la forma de magníficas figuras, castillos y reinos… El poder es una ilusión”. En realidad, el poder existe mientras otros crean que uno lo posee. Una vez que dejan de creerlo, rápidamente se desvanece.
Las elecciones presidenciales lo confirman. Pocos presidentes ecuatorianos han gozado de tanto poder como el presidente Rafael Correa. Dos factores contribuyeron para que esto ocurra: la mayor bonanza económica en la historia del país y el camino libre de oposición política de peso. De su parte, el Presidente tuvo el plan y los tecnócratas para disparar proyectos como balas de una metralleta, una gran capacidad de trabajo para ejecutar obras en todas las provincias y una maquinaria publicitaria para difundir lo que ha hecho y lo que está por hacerse. Todo esto lo hizo inmune al desgaste y el desencanto y los electores votaron por él, ya sea por gratitud, ya sea por esperanza. Mientras pueda satisfacer la revolución de expectativas que ha creado, el humo del espejo le dibujará castillos y reinos y lo indultará de su mayor debilidad: la arrogancia contra quienes no comparten sus mismos criterios.
La ilusión debe sentirla también Guillermo Lasso, quien rompiendo los prejuicios contra los banqueros, se ubica como la cabeza visible de la oposición. Es el hombre para liderarla desde la orilla de una derecha ideológica, que cree que el motor económico es el libre mercado y el mejor sistema político la democracia representativa, donde hay independencia y equilibrio de funciones y las libertades individuales tienen como único freno, las libertades de otros. Mauricio Rodas igualmente puede sentirse entusiasta con los resultados obtenidos. Hoy es una figura a nivel nacional, con el respaldo del cuatro por ciento de los votantes. No obstante, es un porcentaje demasiado bajo, como para no administrarlo con cabeza fría.
En contraste, el espejo está difuso, casi a punto de quebrarse, para el coronel Lucio Gutiérrez. Sus botas que han recorrido todos los rincones del Ecuador desde sus épocas militares, su buen talante y su discurso talla única, se han gastado casi definitivamente. Para otros veteranos de contiendas electorales el espejo se rompió definitivamente. El finalista de cinco elecciones, Álvaro Noboa, no obtuvo ni cinco por ciento de los votos y se quedó desnudo de protección en la Asamblea, sin un representante. De nada sirvieron sus “esfuerzos” por levantar quintales de arroz o regalar electrodomésticos. Las masas votan por quien pueda resolverles sus problemas, y en Ecuador, piensan que los ha resuelto o puede resolverlos Rafael Correa. Igualmente, el gran ausente, Abdalá Bucaram Ortiz, está olvidado. Su hijo apenas consiguió una curul. Es la sepultura para la estirpe de la familia Bucaram, que dominó el populismo del país desde los años 60, cuando el patriarca Assad Bucaram se ganó el corazón de los habitantes suburbanos con un manejo pulcro de la Alcaldía de Guayaquil. La izquierda radical del MPD y el Socialismo que no se desmembraron con la caída del Muro de Berlín hoy parecen fragmentarse en mil pedazos. Los primeros no tienen ya las bases cautivas del magisterio y los sindicatos y el espacio de los últimos fue copado por sus aliados de Alianza PAIS. Y como epílogo triste, una generación prometedora de políticos como los de Ruptura de los 25, ha muerto antes de nacer, arrastrando en su fracaso al héroe del Cenepa, Paco Moncayo. El poder es una ilusión, fácil de hacerse humo.  

 

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