Universidades asesinas Por: Ricardo Hidalgo Ottolenghi
Universidades asesinas
Por: Ricardo Hidalgo Ottolenghi
Fecha: 13/02/2013
Con un título parecido, hace poco se publicó un artículo en el que se criticaba la injerencia de las autoridades de educación superior en las universidades ecuatorianas.
Más allá de los sesgos obvios (su autor es rector de una universidad privada) debo coincidir en el título del artículo, pues, desde que se instauró el “libre ingreso” a las universidades, todo el sistema universitario se convirtió en una fábrica de hacer títulos, y producto de la masificación de las universidades, apareció la desocupación entre los graduados universitarios, convirtiendo a la Universidad en una máquina para asesinar talentos.
Otro efecto de aquel error garrafal, ha sido la titulitis: “valoración desmesurada de los títulos y certificados de estudios como garantía de los conocimientos de alguien” (Diccionario RAE). Los jóvenes empezaron a abarrotar las universidades, no para saber más, ni para formarse cultural o científicamente, sino simplemente para obtener el ansiado título que les abra las puertas de una profesión lucrativa o que les ayude a subir un escalón en la pirámide social de una sociedad ya de por sí clasista desde la época colonial (se cambiaron los títulos nobiliarios por los de ingenieros, doctores o abogados).
La titulitis de los jóvenes ha derivado en una verdadera enfermedad psicosocial, no de otra manera se entiende que vivamos en una sociedad en donde se valora más los títulos que los conocimientos y el desempeño de sus profesionales; desvirtuando el objetivo fundamental de cualquier universidad que se precie de serlo: formar profesionales que transmitan a la sociedad sus conocimientos, habilidades, destrezas, actitudes, valores y que se conviertan en líderes-ciudadanos como agentes de cambio.
La distorsión del modelo hace que en la actualidad, todo joven aspire a estudiar un máster o un doctorado, palabras mágicas que abren todas las puertas y cierran todas las bocas. Basta mirar las ofertas de empleo para comprobar la importancia de estos nuevos fetiches académicos… Por lo visto la masificación universitaria en lugar de acabar con el clasismo crónico, paradójicamente produjo exactamente el efecto inverso.
El cáncer de la titulitis puede encontrar un tratamiento paliativo dando el reconocimiento social a las carreras técnicas y tecnológicas, teniendo en cuenta que muchos de sus egresados pueden llegar a tener ingresos muy superiores a los profesionales universitarios.
Volviendo al artículo de marras, ahí se comenta que los responsables de la educación superior “no tienen experiencia en la gestión universitaria y confunden la realidad con la fantasía”.
Parece que de un tiempo a esta parte, la única misión de algunos rectores (ellos sí expertos en gestión educativa) es torpedear todas las acciones que pretenden llevarse a cabo para el buen hacer de la misión universitaria, como es promover la cultura de la evaluación institucional, la buena práctica docente y la investigación de calidad, impidiendo que se incremente el grado de generación y difusión de conocimientos al que ellos nunca pudieron llegar.
Es la hora de recordar a estos personajes sobre la deuda importante que tienen las instituciones universitarias con la sociedad, que llegó el tiempo de la rendición de cuentas, que se acabó el cuento de la “excelencia” como slogan, que la época de la precarización laboral en docencia universitaria llegó a su fin, que también llegó el momento de acabar con la persecución a la gente con calidad académica por el único delito de disentir con estos falsos dioses o su parentela. En fin, que llegó la hora de acabar con las universidades mercantilistas que han vivido de frente al mercado pero de espaldas al país.
La situación actual nos invita al optimismo. Esta debe ser una oportunidad para transformar y también para mejorar. Aprovechemos la oportunidad y tomemos el toro por los cuernos.
Con un título parecido, hace poco se publicó un artículo en el que se criticaba la injerencia de las autoridades de educación superior en las universidades ecuatorianas.
Más allá de los sesgos obvios (su autor es rector de una universidad privada) debo coincidir en el título del artículo, pues, desde que se instauró el “libre ingreso” a las universidades, todo el sistema universitario se convirtió en una fábrica de hacer títulos, y producto de la masificación de las universidades, apareció la desocupación entre los graduados universitarios, convirtiendo a la Universidad en una máquina para asesinar talentos.
Otro efecto de aquel error garrafal, ha sido la titulitis: “valoración desmesurada de los títulos y certificados de estudios como garantía de los conocimientos de alguien” (Diccionario RAE). Los jóvenes empezaron a abarrotar las universidades, no para saber más, ni para formarse cultural o científicamente, sino simplemente para obtener el ansiado título que les abra las puertas de una profesión lucrativa o que les ayude a subir un escalón en la pirámide social de una sociedad ya de por sí clasista desde la época colonial (se cambiaron los títulos nobiliarios por los de ingenieros, doctores o abogados).
La titulitis de los jóvenes ha derivado en una verdadera enfermedad psicosocial, no de otra manera se entiende que vivamos en una sociedad en donde se valora más los títulos que los conocimientos y el desempeño de sus profesionales; desvirtuando el objetivo fundamental de cualquier universidad que se precie de serlo: formar profesionales que transmitan a la sociedad sus conocimientos, habilidades, destrezas, actitudes, valores y que se conviertan en líderes-ciudadanos como agentes de cambio.
La distorsión del modelo hace que en la actualidad, todo joven aspire a estudiar un máster o un doctorado, palabras mágicas que abren todas las puertas y cierran todas las bocas. Basta mirar las ofertas de empleo para comprobar la importancia de estos nuevos fetiches académicos… Por lo visto la masificación universitaria en lugar de acabar con el clasismo crónico, paradójicamente produjo exactamente el efecto inverso.
El cáncer de la titulitis puede encontrar un tratamiento paliativo dando el reconocimiento social a las carreras técnicas y tecnológicas, teniendo en cuenta que muchos de sus egresados pueden llegar a tener ingresos muy superiores a los profesionales universitarios.
Volviendo al artículo de marras, ahí se comenta que los responsables de la educación superior “no tienen experiencia en la gestión universitaria y confunden la realidad con la fantasía”.
Parece que de un tiempo a esta parte, la única misión de algunos rectores (ellos sí expertos en gestión educativa) es torpedear todas las acciones que pretenden llevarse a cabo para el buen hacer de la misión universitaria, como es promover la cultura de la evaluación institucional, la buena práctica docente y la investigación de calidad, impidiendo que se incremente el grado de generación y difusión de conocimientos al que ellos nunca pudieron llegar.
Es la hora de recordar a estos personajes sobre la deuda importante que tienen las instituciones universitarias con la sociedad, que llegó el tiempo de la rendición de cuentas, que se acabó el cuento de la “excelencia” como slogan, que la época de la precarización laboral en docencia universitaria llegó a su fin, que también llegó el momento de acabar con la persecución a la gente con calidad académica por el único delito de disentir con estos falsos dioses o su parentela. En fin, que llegó la hora de acabar con las universidades mercantilistas que han vivido de frente al mercado pero de espaldas al país.
La situación actual nos invita al optimismo. Esta debe ser una oportunidad para transformar y también para mejorar. Aprovechemos la oportunidad y tomemos el toro por los cuernos.
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