La semana pasada, me tomé unas horas para visitar mi alma máter en Guayaquil y observar de cerca todos los cambios que habían sucedido allí desde que me gradué hace dos años. Varias caras nuevas, un bar ampliado, edificios remodelados… Pero lo que más me llamó la atención fue una biblioteca gigante de dos pisos que aparentemente había surgido de la nada y con ella, decenas de alumnos estudiosos con libros en mano. ¿Qué pasó aquí?, me pregunté en silencio. ¿Alumnos preparándose para un examen? Mi reacción tal vez pecaba de incredulidad, pero no era injustificada.
Durante mi primer semestre en esta universidad, recuerdo que me llevé una mala impresión de su calidad educativa. Llegó el día de mi primer examen escrito y como toda buena alumna, había atiborrado mi mente la noche anterior de todos los conceptos aprendidos durante tres meses. Sabía que no era la mejor forma de consolidar los conocimientos, pero dentro de poco me di cuenta que en comparación con otros, mi preparación había sido de lo más esmerada.
Lo que más me indignó fue la apatía del profesor de ese curso. Sabía lo que estaba sucediendo a sus espaldas pero en vez de denunciar el acto, prefirió hacerse de la vista gorda.
Muchos dirán que mi actitud rayaba en la antipatía y lo poco colaborador (fue lo que varios de mis compañeros opinaron), pero concluyo que la falta de seriedad con la que se toma el aprendizaje en el país es algo que atenta contra el progreso.
Cuando ingresé en 2000 como alumna de la Universidad de Florida, en Estados Unidos, tuve que firmar un Código de Honor que me comprometía a actuar con honestidad académica, lo cual implicaba no copiar, no plagiar, ni permitir que otros lo hagan. Puedo decir que en mis dos años en esta institución, jamás fui testigo de una escena como la que describo, ni de algo parecido. Y es que en el extranjero, las consecuencias son mucho más severas. En el caso de un alumno que haya cometido plagio o copiado en un examen, existe la penalidad de expulsión.
Puede que para nuestro medio, parezca una medida exagerada pero es evidente que en el país, no se le da la suficiente importancia al tema. No se escucha en el noticiario que uno de los candidatos presidenciales fue acusado de plagiar su último discurso (sucedió con Obama durante su campaña) o que un escándalo se destapara porque un periodista reconocido “copió y pegó” parte de su artículo.
Tal vez me cataloguen como la “llorona de Lovaina” - pues así lo calificaron al presidente Correa cuando dijo que “lloró de la rabia” al darse cuenta de la baja calidad de la educación que había recibido en Ecuador - pero insisto en que para lograr cambios sustanciales en la sociedad, hay que empezar por valores elementales; creo que no mentir y no hurtar las ideas de otros sería un buen comienzo
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